Historia

La Rotunda, una de las prisiones más temibles de la historia de Venezuela

13 de septiembre 2018.

Tradicionalmente, a lo largo de su historia, Venezuela ha tenido centros penitenciarios destinados a reprimir todo tipo de oposición política o, lo que popularmente conocemos como presos políticos. Este tipo de edificaciones, sobre todo en períodos de dictaduras pasan a la posteridad como testimonios fieles que dejan grabados con cicatrices sanguinolentas en la piel de la libertad de expresión nacional, la crueldad y violencia de tal o cual período de nuestro pasado. Como ejemplificación de este triste y lamentable tipo de edificación encontramos al Cuartel San Carlos, uno de los últimos recintos destinados al funesto quehacer antes descrito, aunque este es solo un ejemplo entre un puñado de prisiones de lamentable recuerdo nacional.

El presente artículo está destinado a realizar un breve esbozo de lo que fue una de las prisiones más temibles de finales del siglo XIX e inicios del XX, durante la presidencia de Cipriano Castro y posteriormente de la dictadura de su compadre, el “Benemérito” Juan Vicente Gómez, nos estamos refiriendo a la sumamente temida y conocida, Rotunda.

El dictador Juan Vicente Gómez llenó La Rotunda de presos políticos, durante los 27 años de su gobierno

La Rotunda sobrevivió durante más de ochenta años sobre sus cimientos. El edificio proyectado como cárcel pública, fue comenzado a construir en 1844, durante la presidencia de Carlos Soublette  y terminado en 1854 cuando José Gregorio Monagas ejercía su mandato.

Su triste fama como destino para aquellos que disentían o combatían  al gobierno, comenzó en 1899 con Cipriano Castro, -también otro perverso dictador- y acabó inmediatamente luego de la muerte de su traidor compadre, Juan Vicente Gómez en 1936, por orden de su sucesor, Eleazar López Contreras quien demoliera el edificio y en su solar se construyera la Plaza de la Concordia.

MEMORIAS DE UN VENEZOLANO DE LA DECADENCIA, que escribiera José Rafael Pocaterra, muestra la primera impresión que  el autor recibiera al  ingresar en 1919 como preso político a aquella terrible mazmorra caraqueña, que por su particular arquitectura circular se le conocía como La Rotunda.

Los avatares políticos de esta Venezuela tan pródiga en hombres ilustres, llenos de fervor humano y democrático, y tan desconsoladamente triste en destinos despóticos de la naturaleza más perversa y humillante,  expresó Pocaterra: Este libro a modo de diario es uno de los más conmovedores testimonios de lo que significó ganarse una estadía en La Rotunda.

“Hiede a podre, a basura húmeda, a fosa común de cementerio abandonado. Tropiezo en la oscuridad con desperdicios infectos. Cuando mis ojos comienzan a distinguir tras la media luz de la cortina, -solo dos míseros foquillos alumbran aquel circo de aquelarre-  sus paredes leprosas, sus nueve pilares soportando el alero, su pasadizo circular que rodea las bóvedas del primer piso- noto que hay una tabla empotrada al fondo de la hornacina. Tiene ésta dos metros de largo por uno y medio de ancho y algo más de dos metros de altura. Me apoyo en la tabla a manera de camastro que está allí contra la pared.  Un ordenanza me despoja de los zapatos; colócame dos argollas sobre los tobillos, pasa luego por ellos una gruesa barra y a golpe de mandarria que despierta los ecos de aquel recinto, espaciada, comienzan a remachar la chaveta de acero… Todo aquel aparejo pesaría unas setenta o setenta y cinco libras. -¡Trata de sacar el pié! -me recomienda el llamado Nereo.

 Como no le hago caso, fuerza mis pies a ver si doblándolos logro sacarlos de la argolla infame. Ahoga en mi alma el dolor del esguince. Me he roto el labio inferior con los dientes. Una ira loca me invade, y como todavía estoy fuerte, me arrojo sobre la tabla y levanto en vilo el par de grillos sacudiéndolos sobre la madera.  Salen. Acaban de clavar la cortina hasta abajo. Ni una línea de luz.  Alguno, el Nereo tal vez, murmura al partir:  -Éste es de los bravos, ¡pero aquí se amansa!”.

No es sino hasta el gobierno de Eleazar López Contreras,  quién el 02 de enero de 1936 en Gaceta Oficial Nº 18.843 decreta en los siguientes términos su demolición.

Gaceta Oficial del 02 de enero de 1936 Nº 18.843

Considerando:

Que el edificio destinado a la cárcel pública situado en esta ciudad en la calle Sur 2 entre las esquina de la “cárcel” y “Hospital” conocido con el nombre de “La Rotunda” no reúne las condiciones adecuadas para la represión de la delincuencia y su regeneración, de acuerdo con los modernos sistemas penitenciarios… que  con la demolición del mencionado edificio,  se daría satisfacción a cuantos sufrieron en él la privación de libertad.

Decreto:

Artículo 1: Procédase a la demolición del referido edificio y constrúyase en su lugar una Plaza Pública que se denominará: “Plaza de la Concordia” como símbolo del pensamiento de unificación nacional del cual están vinculados los futuros destinos de la República.

Artículo 2: Procédase a la construcción de un nuevo edificio destinado a cárcel en la Ciudad de Caracas.

El testimonio de Pocaterra es tan solo uno de los tantos que tenemos en nuestros días y, si a esto le añadimos el silencio de aquellos menos afortunados que no pudieron dejar por escrito su legado, podemos situarnos en uno de los peores espacios de encierro de nuestra historia reciente. Una de las áreas más terribles de esta representación moderna del infierno de Dante era aquella reconocida como el buzón, donde entraban los vivos y únicamente salían cadáveres.

Es importante mantener viva la memoria de lugares tan llenos de maldad y vileza como La Rotunda para recordarnos día a día el altísimo costo que pagaron nuestros antecesores para costear la libertad.

Fachada exterior de “La Rotunda”, fotografiada un día de visita. Familiares y amigos de presos comunes esperan a las puertas.

Calabozos numerados en la cárcel “La Rotunda” en Caracas.

Un preso político de la Rotunda portando perno y grillete en los tobillos, para impedir su movilidad.

Resultado de imagen de la carcel de la rotunda

Un preso político de la Rotunda portando perno y grillete en los tobillos, para impedir su movilidad.

Un preso político de la Rotunda portando perno y grillete en los tobillos, para impedir su movilidad.

Alexis Delgado Alfonzo

Historiador

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