Caracas

Caracas a través de los ojos de mi abuelo. Por Alexis Delgado

25 de julio 2018.

Si hay tradición admirable que destacar del comportamiento y concepción filosófica de las culturas orientales es el respeto y amor por la sabiduría de los ancianos.  Desgraciadamente, este respeto reverencial ha mermado casi hasta su extinción en la cultura del caraqueño. En estos momentos en los que nuestra amada ciudad capital, Santiago de León de Caracas está arribando a sus 451 años de fundada, el valorar la mirada y conocimiento que de ella tienen los adultos mayores nos resultaría de un valor supremo para poder apreciar en su justa dimensión lo que Caracas significa para todos nosotros. En lo particular yo me siento bendecido porque la Divina Providencia me dio el tesoro de contar con uno de esos abuelos mágicos que solemos ver únicamente en las películas y en los libros. Un verdadero abuelo que se encargó de pasearme por toda la ciudad, por sus lugares emblemáticos, asomarme a la ventana de su Historia para conocer su pasado y valorar en su conjunto la inapreciable riqueza tangible e intangible de nuestra amada Caracas, aquella de los techos rojos, la sucursal del Cielo, la que cautivó a propios y a ajenos. A lo largo de las siguientes líneas me esforzaré en hacer un esbozo de lo que era Caracas a través de los ojos de mi abuelo para, de este modo contribuir con un granito de arena para que las generaciones presentes y futuras amen nuestra ciudad de la misma manera en la que lo hicieron sus abuelos y le demos el brillo que en una oportunidad tuvo y jamás debió descuidarse.

Recuerdo a mi abuelo siempre bien vestido y con algo que leer bajo el brazo y, por descontado aquella mirada atenta y sonrisa amable siempre presta para enseñar. Cada caminata con el abuelo iniciaba en donde, él decía había iniciado todo, en la Plaza Bolívar que, en tiempos remotos de la conquista era la Plaza Mayor, luego Plaza de Armas, Plaza de la Catedral, Plaza del Mercado hasta, finalmente inmortalizar al Libertador. Una vez en la Plaza Bolívar, era frecuente caminar por los jardines para deleitarse en la contemplación de las perezas y ardillas, para después descansar en un banco a la sombra de los árboles a escuchar el susurro de las fuentes mientras alimentábamos con granitos de arroz a las infaltables palomas.

El paseo continuaba hacia el este de la Plaza Bolívar donde era ineludible la visita a la Catedral, cargada de toda su historia incluyendo la capilla donde reposan los restos mortales de los padres y esposa del Libertador. De allí los pasos nos encaminaban a la Plaza San Jacinto, donde venía la parada obligatoria para disfrutar de la tradicional chicha para después continuar la ruta por las emblemáticas piñatas, donde nunca faltaba el consentimiento con algún juguetico, posteriormente solíamos pasar frente al restauran La Atarraya, para luego bajar hasta el Museo Bolivariano y la Casa Natal de Bolívar, donde el abuelo, con toda humildad hacía gala de todo conocimiento enseñándome, no solo a mí, si no a todo aquel que quisiera escucharlo, incluyendo, no en pocas oportunidades a algún guía de dichas edificaciones.

Luego desandábamos nuestro camino para volver hacia la Plaza Bolívar, pero para, en esta oportunidad entrar en el Museo Sacro, donde nuevamente el abuelo tenía ilustrativas palabras para el ávido nieto.

El siguiente destino se encontraba al norte del casco central, el Panteón Nacional, uno de los lugares favoritos del abuelo y, donde sin lugar a dudas, el gran hombre tenía más que decir. Conocía la historia de la mayor parte de los seres notables que allí reposan y que, en su concepto resumen la historia de nuestro país.

El paseo continuaba bajando nuevamente a donde el abuelo decía que había empezado todo, pero en esta oportunidad en su parte noroeste, una cuadra antes de la Plaza Bolívar se encontraba la siguiente parada, la Basílica Menor de Santa Capilla donde, tanto abuelo como nieto siempre se asombraron con las majestuosas torres neogóticas.

La siguiente parada del trayecto era para bordear y explicar las edificaciones que componen el Capitolio, estructura que también siempre agradó al abuelo.

La amena charla nos encaminaba un poco más al sur para contemplar el Palacio de las Academias, la vieja sede de la Corte Suprema de Justicia donde también se encontraba la primera torre de astronomía de la ciudad en aquellos lejanos tiempos del general Antonio Guzmán Blanco. No faltaba la visita a la iglesia de San Francisco y si, el cansado nieto todavía le quedaban energías por quemar, ya que el abuelo parecía no cansarse nunca, el peregrinar se encaminaba hacia el oeste, donde, compartiendo un helado y más charla del glorioso pasado de nuestra ciudad, aquella pareja absorta en su exclusivo mundo de dos iniciaban el fatigoso ascenso de las escaleras del Parque el Calvario que, en palabras de mi abuelo, también en otros tiempos se llamó Paseo Guzmán Blanco primero y Paseo Independencia después.

Ningún cansancio del mundo, ni por más fuerte que estuviera el sol, aquel niño que yo era en esos tiempos me hizo perderme aquella chicha de San Jacinto, aquel helado del Calvario y, por encima de todas las cosas aquellas conversaciones y magistrales clases de Historia que, no nada más me hicieron amar a mi país y a mi Santiago de León de Caracas, sino que me entusiasmaron para convertirme en el historiador que soy hoy en día.

Con todo cariño, agradecimiento y recuerdos a Rigoberto Alfonzo que, desde el cielo, querido abuelo, sigue viendo su amada Caracas de los techos rojos y sucursal del Cielo.

 

Alexis Delgado Alfonzo

Historiador

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