Opinión

El Asunto Militar. Por Leocenis García

18 de julio 2018.

Leocenis García.

El día de las elecciones fraudulentas de Perez Jimenez mientras se realizaba el conteo de los primeros votos, Vallenilla Lanz anunciaba a la prensa internacional los resultados. El régimen se había robado hasta los papeles electorales. El fraude era inocultable. El escrutinio torcía la voluntad de los electores, y decía que Pérez Jiménez tenía el 81% de los votos. El régimen había ido demasiado lejos.

En realidad, pese a la muy proclamada unidad de las Fuerzas Armadas, en 1952 los militares estaban tan divididos como el país. El problema histórico en Venezuela es que tienden a ver los militares con una lupa distinta a la que se ve el país, olvidando que ellos son parte de él… viven, comen, padecen como los civiles.

Al igual que durante los últimos años del gobierno de Pérez Jiménez, hoy la jerarquía militar de Maduro se siente exenta, tanto de la responsabilidad de los crímenes como de las prebendas. Maduro hace nombramientos arbitrarios sobre la base de la lealtad personal y no del mérito. Favorece al Ejército (la fuerza donde cree tener los amigos que no tiene en la aviación ) en detrimento del mérito de otra; a los fines de la seguridad interna depósita su confianza en los servicios secretos incompetentes como la DGCIM, cuyas investigaciones militares han vuelto a la FANB una polvareda.

Todo esto me recuerda un informe confidencial de la embajada de Estados Unidos sobre la situación militar durante 1957, donde planteaba que el problema no consistía en que una parte demasiado grande del dinero del Estado fuera a parar a los bolsillos de Pérez Jiménez, sino que una parte demasiado pequeña llegaba a la jerarquía militar (Bunggraff 1942: 150).

Fue en medio de la realidad tensa que la Junta Patriótica, un grupo político que agrupaba a diversos sectores de la vida nacional se empeñó en convertir aquel descontento con el dictador en una oposición coordinada. Y eso, quiero decirlo muy claro es lo que lidero en Prociudadanos. Nosotros no estamos esperando ni sentencias de un TSJ en el exilio, ni de una fiscal en despecho. Estamos con la gente en los barrios, organizando la libertad.

Pero el Golpe no lo dieron los civiles que organizaron al pueblo. Ellos solo respaldaron a los militares, y le dieron un pacto democrático al país. No hubo persecución.

Lo cierto es que el 1 de enero de 1958 la gente creyó que los estruendos que escuchaban eran una extensión de las fiestas de fin de año. Pero no. Los militares se habían alzado. Aviones de la Fuerza Aérea sobrevolaban Caracas, y pretendían atacar el Palacio de Miraflores, sede del gobierno de fecha. El golpe fracasó.

Pero prendió una mecha donde hasta los ratones marchaban en protesta. El país era una ratonera. En las calles de Caracas grupos de estudiantes se enfrentaban a la Seguridad Nacional.

El 23 de enero de 1958, los militares le dieron la espalda a Pérez Jiménez. El régimen se desmoronó. Numerosos historiadores dan cuenta que uno de sus colaboradores más cercanos le dijo: “General, vámonos que el pescuezo no retoña”. A las tres de la mañana partió en su avión hacia República Dominicana buscando refugio en su amigo, el dictador Rafael Leónidas Trujillo. A la huida dejó una maleta con dos millones de dólares en el aeropuerto. Cuando el periodista Napoleón Bravo, años después lo entrevistó para la cadena Venevisión en su residencia en España, contestó: “Y dónde ha visto usted un pasajero sin maletas y sin dinero”.

Cuando el régimen cayó, los partidos de la socialdemocracia y del socialcristianismo conformaron un pacto de gobernabilidad, el 31 de octubre de 1958, en la casa del joven abogado Rafael Caldera. Se conoció aquel acuerdo como el Pacto de Punto Fijo. Los partidos se comprometían a respetar los resultados de las elecciones, formar un gobierno de coalición, cuyo programa se redactara previamente. En esencia, este pacto definía al Estado empresario, reclamaba un proyecto de desarrollo capitalista, impulsado por el Estado democrático.

Como era de esperarse, el plan de la socialdemocracia triunfó. Rómulo Betancourt ganó las elecciones de diciembre de 1958 por un margen amplio. Así se instauró en Venezuela un tipo de política caracterizada por el consenso en torno al nuevo reparto de la renta petrolera.

Los años que siguieron al triunfo de la democracia se planteó un capitalismo que no era tal, con controles, un concepto de libre competencia aplicada a la fuerza por la ley. Una grotesca contradicción en términos. Significaba forzar a la persona a intentar prosperar a punta de pistola, proteger la libertad de la gente bajo el capricho arbitrario de los burócratas. Ellos con un modelo mixto, una mezcla de Estado con capital, decidían cuál y cómo era el camino a seguir.

Uno de los hijos predilectos de la democracia puntofijista, el presidente Carlos Andrés Pérez llegó a tener increíbles ambiciones sobre la intervención del Estado en la vida pública que lo llamaron en la opinión pública “locoven”, no solo planteó el populismo como nadie, sino que cultivó el llamado Estado empresario. Con el dinero de la renta petrolera creó una fábrica de tractores, Fanatracto. Escudado en el nacionalismo que acompañó los sermones colectivistas. Decía alguien entonces «Lo único venezolano de los tractores de Fanatracto era el aire de los cauchos (neumáticos)».

Queridos amigos: el pueblo se puede organizar para elecciones o para apoyar una rebelión. Pero, qué apoyará depende de lo que haga el Gobierno. Agarren el mensaje.

Leocenis García. Coordinador Nacional de Prociudadanos.

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