Poemas/ Cuentos/ Relatos

El Regalo. Por Patricia Méndez

15 de marzo 2018.

A Luiz Carlos Neves…

Cuando tenía 8 años mi papá, que siempre ha sido una figura casi espectral en mi vida me regalo un órgano electrónico que rápidamente se convirtió en un elemento polémico en el discurso con el cual mi madre lo increpaba, justamente debo decir: – ¡Ese bicho es muy aparatoso! ¿No le podías traer un regalo normal? ¿Tú le vas  apagar las clases? ¿Ella te lo pidió? ¿No verdad? Pero bueno, ahí está tu espectacular regalo, ella no necesita un piano sino que estés aquí y que cumplas tu palabra…

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Pero como siempre mi padre no emitió respuestas y mi madre asumió con alegría y visión la presencia de este inmueble estorboso en nuestras vidas, ocupándose del asunto e inscribiéndome rápidamente en clases de música, pues yo como siempre, me entusiasme de inmediato y ella amante de mi entusiasmo, del arte y de las posibilidades hizo hasta lo imposible para que yo pudiera estudiar lo que a ella quizás le hubiera gustado poder hacer cuando niña. En principio estaba feliz, asumí con disciplina mis lecciones todas las tardes al salir del colegio, compre mi cuaderno pentagramado e incluso una teoría musical y mamá me compro discos y conciertos para piano. En la escuela Juan Sebastián Bach en Catia, a pocas cuadras de su trabajo aprendí las primeras nociones sobre la música, nociones que aún hoy conservo como parte de mi rudimentario bagaje intelectual.

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El punto es, que empecé jurando que a los pocos días podría interpretar magistralmente alguna canción…pero pasaron cinco largos meses y yo continuaba viendo lenguaje musical, sintiendo que veía matemáticas nuevamente en las tardes porque me hablaban de tiempos y de fracciones, me hablaban de jerarquías y octavas y aunque al principio fue divertido empezó pronto a convertirse en una molestia, no me acercaba al piano, solo el profesor lo tocaba de vez en cuando para ejemplificar alguna explicación, y yo poco a poco me iba sintiendo frustrada, así que después de pensarlo mucho le advertí a mamá que la escuela era mala y que necesitaba cambiarme porque allí nunca aprendería nada, le dije que el profesor a duras penas nos dejaba acercarnos al piano, y que yo deseaba tocar algo, que su método era malo y aburrido, y ella siempre diligente a mis pedidos me inscribió en otra escuela.

En esta nueva escuela, más técnica y moderna se trabajaba desde el primer día con el instrumento mientras se veía lenguaje musical, pero además había una increíble libertad, desde el primer día ensayabas una pieza en aula, lo más increíble era que cada estudiante tenía una pieza distinta, como distintos éramos, habíamos niños pequeños y otros más grandes, e incluso uno que otro iba con el uniforme escolar o con sus libros de universitario, cuando llegábamos cundía la anarquía, aquello era un desorden increíble, todas las piezas se mezclaban y el ruido era insoportable, nada sonaba ni sabia a nada, empecé a enloquecer porque no había forma en que pudiese concentrarme y el profesor me dijo que de eso se trataba, yo debía poder sumergirme en mi trabajo y olvidar a los demás, y el vendría cuando lo considerase a pasar la lección, lo más importante era el trabajo en casa, “la práctica hace al maestro”. Así que lo intente, llegaba a casa y después de bañarme y hacer las tareas me sentaba sola en la oscuridad de la sala a ensayar, casi siempre mamá estaba en el mueble con un libro o en la cocina, o en la mesa del comedor con mi hermano pequeño que me interrumpía a menudo y que también veía lecciones en la misma escuela nueva pero solo los sábados y en compañía de mi mamá, y quien por cierto era mucho más feliz que yo porque nunca practicaba nada. Pero nuevamente la impaciencia me venció, el tiempo era injusto conmigo, los días no duraban tanto como yo quería y las noches mucho menos, y había muchas otras cosas que debía ensayar y hacer, leer para el examen de castellano, practicar matemáticas porque aún me costaban las divisiones de tres cifras, y además tenía un castillo de juguete que me había traído el niño Jesús en navidad y con el que había jugado poco porque no tenía pilas, pero ya mamá me las había comprado y era irresistible cambiar las horas nocturnas de ensayo por horas de celebración de los dueños de la casa que hacían una fiesta de cumpleaños para su hija que era una princesa y a la que venían todos los animales del bosque y podía terminar siendo un evento interminable; así que después de un mes de clases y con pocas horas de ensayo yo estaba muy decepcionada de no convertirme en una virtuosa, pero muy distraída como para continuar el esfuerzo.

Así fue que ya a los nueve años había renunciado a mi profesión de pianista. Pasaron los años y el órgano envejeció adornando la sala. En sus primeros tiempos mamá todavía insistía en que continuará y me obligaba a tocar alguna melodía en navidad cuando venían mis tíos o alguna amistad insistiendo “toca toca Noche de paz, esa es tan linda y la tocas tan bien”, y en aquella otra “en el bosque una luz se ve… sol si sol si, fa mi fa sol mi, re re fa fa mi fa sol…” que hasta el sol de hoy fue la única que logre memorizar, y así poco a poco se convirtió en elemento decorativo, ignorado por familiares y amigos desilusionados con su triste e injustificada presencia silente, y vergüenza permanente para mí que secretamente empecé a desear que ya no estuviera más en casa. Y así un día cuando tuve 13 años y era aún muy joven para entender lo que tenía frente a mí, le plantee a mi madre, secundada por mi hermano, siempre práctico y pragmático, la venta de este mueble aparatoso que además estaba desafinado y tenía ya un par de teclas malas además de los pedales, justificando la decisión en la imposibilidad de pagarle a un afinador y mucho menos a alguien para que lo arreglase, además haciendo énfasis en la firme decisión tomada con anterioridad sobre no tocar piano nunca más porque ese no era el instrumento que me gustaba. Ante la presión, mi madre no opuso resistencia y un buen día el órgano salió de nuestras vidas sin pena ni gloria tal como llego.

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Creo que no lo comprendí hasta ahora, no fue culpa de la Juan Sebastián Bach, ni del profesor moderno que atendía a 15 niños al mismo tiempo, no fue por la insistencia de mamá ni por la presión de quienes esperaban escucharme, no fue el exceso de tarea ni el sueño que me vencían, ni por la necesidad de jugar como las otras niñas. El piano no fue nunca mi pasión, no lo es, de hecho nunca me esforcé ni en el piano ni luego con el cuatro o la armónica (que por ser de bolsillo creí que sería más sencilla), puede que me fascine ver a un virtuoso sudando y enmudecido frente a ese imponente aparato mágico y gigantesco, tan pesado y tan noble, capaz de emitir tantos sentimientos como quizás solo un genio poético puede hacerlo; puede que yo, una mujer mediocre delire imaginando que soy cien guerreros timotes o una dama del siglo XVI enamorada de un imposible, pero no puedo cambiar lo que realmente soy. Al escucharlo esa noche en manos de una mujer desconocida lo supe, supe cual es mi pasión, lo supe como sé que la música es un puñado de metras cayendo por las escaleras, un estruendo ensordecedor imposible de ignorar, un perfume que te embriaga y te eleva, un lenguaje indescifrable de tan hermoso, y es siempre, definitivamente un tema recurrente de nuestras vidas que terminan siendo gritos ahogados o canciones alegres, grandes conciertos o sonatas melancólicas, obras maestras o delirios pasajeros… y aunque yo no pueda interpretar ni una sola balada, o un nocturno para piano y no he podido aún tocar en el cuatro una canción de cuna para mi pequeño hijo he podido viajar por mundos inimaginables y recorrer calles posibles solo en mis sueños gracias a los sonidos arrancados a esas teclas y a esas notas que otras manos como las de Bach, Mozart, Chopin, Wagner, Carreño, o Beethoven son capaces de hacer sonar… y a esos otros mundos que otros pianistas de letras me han sabido regalar.

 

 

Patricia A. Méndez

Mayo 2017

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