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Esteladas, Senyeras y Rojigualdas: Nuevos actores contra viejas ideas. Por Daniel Delgado

13 de octubre 2017.

Quizás para quien no vive en España, el título de este artículo puede resultar incomprensible, por lo que comenzaré explicando brevemente. La bandera española es conocida como la rojigualda, la bandera de Cataluña (como comunidad autónoma que es) es conocida como senyera y la bandera de los independentistas catalanes es la estelada. En líneas generales podemos ver que es básicamente la misma bandera con predominantes rayas rojas y amarillas, sin embargo, la estelada se presenta con una estrella blanca en un triángulo azul, la cual se inspira en la bandera cubana, ícono por estos lares de la resistencia al sistema capitalista. Ya sabemos por dónde van los tiros sin mucho escrutar…

En los últimos tiempos se han puesto de moda los mandatarios mediocres y altisonantes por todo el mundo. Parece una especie de virus global en donde vender ideas populistas, discursos enardecidos y enardecedores ligadas, a su vez, a conceptos que se suponen ya superados como la supremacía racial, el nacionalismo exacerbado y antiguos imperios, se convirtió en la mejor manera de escudar la mediocridad del liderazgo político y la verdadera solución a los problemas.

Si bien es cierto que en la situación que se presenta en estos días en Cataluña y en España en general hay (un poco) de razón en los argumentos, son las formas las que hacen que se diluya la razón y veamos por qué.

Para empezar, estamos hablando de una de las naciones más antiguas de Europa, sin embargo, también hablamos de una nación con una nobel democracia de apenas 40 años desde la muerte de Franco y la restitución del sistema de partidos y la corona, teniendo como resultado una monarquía constitucional. Dada la fractura de los primeros 75 años del siglo XX (entre guerra civil un presidente autocrático y dictadura) cada comunidad de España se yergue como comunidad autónoma, no sin dejar de lado los rencores del pasado y una de la regiones con rencores más afincados era Cataluña, quienes, desde el comienzo de la guerra civil sufrieron muchísimo los embates de la misma y finalmente, al término de esta, quedaron mermados en muchas de sus costumbres: prohibición de hablar o enseñar el catalán en todo el territorio, prohibición de usar su bandera, prohibición de muchas de sus costumbres y tradiciones… en fin, era más lo que no tenían permitido que lo que si tenían permitido así como era más lo impuesto por el gobierno central que lo deseado, de ahí que los catalanes de vieja guardia se refieran a “los españoles” como si de otra nación se tratara, peor que en efecto puede verse así porque el amor no se puede forzar, se tiene que ganar y el gran error del Franquismo fue imponer el amor en lugar de buscar la coexistencia de las lealtades locales y nacional.

Corre ya el año 1977 y es cuando Adolfo Suárez, primer presidente electo en urnas después del franquismo, reconoce la autonomía de Cataluña como región y en la figura de Josep Tarradellas como su máximo jerarca (a la postre Presidente de la Generalitat) Si bien Suárez poco sabía de la realidad catalana, demostrado totalmente al decir que el idioma catalán no era una lengua adecuada para la ciencia, no es menos cierto que su astucia política ya le llevaba a saber que a los catalanes debía ganárselos con sutileza y no a golpe y porrazo (o a hostias como bien se diría por acá) Era una cuestión de vincular las regiones a España con diplomacia y política, no con beligerancia y politiquería, lo que permitió que una amplia mayoría local votara en la naciente constitución del año 1978, permitiendo una transición a la democracia con tranquilidad y paz, mas no sin rencores. Pero aún con los esfuerzos políticos, una figura se asoma en el panorama político catalán, con repercusiones a futuro absolutamente determinantes para lo que se vive hoy por hoy en la región: Jordi Pujol.

Pujol es quizás el padre del catalanismo de línea dura en la política española y catalana. Siempre en pro de una separación absoluta del estado español, consigue en la década de los 80’s y hasta el 2003 hacerse del poder como máximo jerarca de la política catalana, centrando sus esfuerzos en mantener la estabilidad de la región pero no sin olvidar y sembrar la semilla del catalanismo como orgullo nacional. No obstante, Barcelona se hace en el año 1992 la anfitriona de las olimpiadas y se muestra al mundo que Barcelona, capital de Catauña, es España y que España es una sola, fuerte y unida.

Ahora comienza la gran duda que a muchos les puede asaltar: ¿En qué justo momento se rompe la frágil convivencia entre Barcelona y Madrid? ¿Por qué se ven a sí mismos como una nación aparte y toman como bandera la causa del independentismo? Es sencillo de explicar con una frase que lo resume todo.

Ya habíamos visto que la estabilidad de la región se había mantenido por un largo rato, pero la cosa se empieza a complicar cuando las deudas políticas se empiezan a cobrar con intereses y las promesas políticas se empiezan a hacer obligaciones de pago.

Todo era muy bonito hasta 2003 en donde Cataluña celebra elecciones de su Parlamento regional y por primera vez en más de veinte años no se presenta Jordi Pujol. En esas elecciones, el Parlamento catalán era como un granero de votos de izquierda y el sucesor designado de Pujol, Artur Mas, aunque logra una importante cantidad de escaños en el parlamento, no logra hacerse del cargo de Presidente de la Generalitat, quedando en el cargo Pasqual Maragall. La bandera de esas elecciones autonómicas fue prometer crear un nuevo estatuto para la región y su reconocimiento en el mediano plazo como nación. ¿Pero por qué? Pues simplemente fue una idea tan descabellada como salir a vender como oferta electoral que se construirá un muro contra los mexicanos en EEUU y otras cosas locas que se creen que nunca calaran. Tanto así, que el propio José Luís Rodríguez Zapatero, a la postre presidente de España, pero en ese entonces solo secretario de su partido, apoya abiertamente la reforma del estatuto de Cataluña que apruebe el Parlamento, todo con tal de tener la suficiente cantidad de apoyos para hacerse futurible en el gobierno español (Primera factura a pagar…) Quizás ni Zapatero ni Maragall se imaginaban lo que sus palabras podrían desatar.

Finalmente, Zapatero se convierte en presidente y lo que dijo lo tuvo que hacer. En 2005 el Parlamento Catalán aprueba una reforma de sus estatutos como comunidad autónoma y en 2006 el Congreso de los diputados lo refrenda en Madrid y no es sino en este punto de cordialidad que se presenta la perfecta oportunidad usar la territorialidad y el orgullo regional como arma política para generar presión. Quizás el lector piense que el que empezó a desafinar en este coro de entendimiento fueron los catalanes, pero no, fue el actual presidente del gobierno español, Mariano Rajoy. Rajoy, líder de la oposición del partido contrario al presidente, buscaba sus propios réditos políticos y se dedicó a recolectar firmas en contra del recién aprobado estatuto y logrando no solo recolectarlas sino llevar a revisión al estatuto ante el Tribunal Constitucional, sembrando por el otro lado la semilla de la división contra Cataluña en el resto de España. Entre dimes y diretes entre el Parlamento catalán y el PP (liderado por Rajoy) llegamos al 2010, cuando ya hemos pasado por un turbulento período donde las alianzas entre partidos de izquierdas se resumen en discursos más hacia lo económico (recordemos la crisis del 2008, el desempleo…) ya que la bandera esgrimida en estas elecciones autonómicas es la de que Cataluña es la región que más aporta al PIB de España y por ende tienen la facultad de llevar, gestionar y manejar sus finanzas como nación independiente. En resumen: una elegante manera de mezclar orgullo regionalista con economía dando como resultado encender los ánimos contra los adversarios políticos.

Artur Mas gana las elecciones pero no con tanta alegría porque manda en minoría y empieza a aplicar medidas de austeridad cautelosas para no afectar su posición política ni la de su partido (no olvidemos que es el heredero político del célebre padre del catalanismo Jordi Pujol) generando no muchas simpatías en la sociedad catalana y coincidiendo con la resolución del Tribunal Constitucional sobre el estatuto (Si, aquel que en 2006 se había aprobado…) donde se rechazan ciertos artículos del mismo y produciendo en la sociedad catalana la eclosión del independentismo que ya estaba gestado desde hacía tiempo.

Si sumamos un discurso de verbo encendido en donde los recortes administrativos no los aplico porque quiero sino porque tengo, a eso le sumas que somos la región que más producimos pero que igual nos recortan en ingresos y de paso nos quieren eliminar de un plumazo lo que ya estábamos disfrutando con nuestra autonomía, pues el razonamiento de la sociedad catalana no es otro que “El resto de España nos odia por tener con qué y ellos no, así que nos separamos y punto”

Ya en 2012, al Parlamento Catalán se le ocurre negociar una autonomía fiscal, similar a la de País Vasco y Navarra (Tema para otra serie de artículos…) la cual es rechazada por el ya presidente Mariano Rajoy, bajo el argumento de ser contraria a la Constitución (verdad a medias en realidad) lo cual molesta más aún a los catalanes quienes ya de frente piden su independencia, derivando en que, en Noviembre de 2014, se hace la primera consulta popular sobre la independencia, la cual no era ni vinculante ni autorizada por el gobierno central.

Hasta aquí se ve un poco plan víctima al partido de Artur Mas y los que le secundan, sin embargo políticamente se puede ver que esta movida de avivar la llama independentista y contarse para demostrar que es el sentimiento popular, no fue más que un ardid para ocultar casos de corrupción de Jordi Pujol (a la postre demostrados y confesados) y financiaciones ilegales de partidos, lo cual también dio pie a nuevas alianzas políticas por nóveles partidos de izquierda y el cambio de denominación política del partido como para limpiar un poco la imagen, pero siguiendo la senda del independentismo, senda que ya no será tan negociadora como en la vieja guardia sino más reaccionaría con los nuevos actores. Tanto así que adelantan las elecciones y las catalogan de plesbicitarias, prometiendo declarar la independencia unilateralmente en caso de ganar el SI, a lo cual el gobierno central no hace mucho por negociar ni política ni económicamente, de hecho, poco hace en realidad…

A partir de las elecciones de 2015, Artur Mas da un paso al costado y nuevos actores como Carles Puigdemont toman el testigo de la Presidencia de la Generalitat y el Parlamento Catalán, teniendo como bandera única y exclusivamente la independencia, basado en lo que ya conocemos y en la poca capacidad de entendimiento con el gobierno de Mariano Rajoy. Se aprueba entonces en 2017 la ley desconexión de España, suerte de pre-constitución de la República Catalana, saltándose entre sí mismos las propias normas de su Parlamento ya que no había mayoría calificada para someterlo a votación, por ejemplo, a lo que el gobierno central ya se inquieta y empieza a tomar, tardíamente, cartas en el asunto cuando ya estaba ido de las manos…

Es un error pensar que, por el hecho de votar, automáticamente esto se corresponde a un talante absolutamente democrático.

¿Cómo se vive en un país cuando más de la mitad del padrón electoral tiene serias dudas de la viabilidad del sistema y sus representantes? Creo que es una pregunta que se ha repetido una y otra y otra vez en muchos países.

Si bien es cierto que la democracia no por nada es el sistema político más aceptado por presentar más garantías a todos, tampoco es un sistema político que ha prometido ser perfecto, no por nada se le podría denominar como “la dictadura de las mayorías” ya que para los que no están a favor de una idea igual se les impone la misma así no les agrade, pero si ya se han aceptado las condiciones, no hay cabida a discutir las reglas del juego, ¿cierto?

Esto en la práctica podría resultar muy sencillo, pero lo vivido en los días recientes en Cataluña fue algo que no se vio. Como ya hemos visto, el referéndum de autodeterminación vino de parte de un sector de tendencia más radical en su pensar de lo que fueron sus predecesores, pero que comenten el grave error de asumir realidades que no están sustentadas y de prometer acciones que no son tan sencillas. Por ejemplo, se les prometió a los catalanes que posterior al 1 de octubre, fecha del referéndum autonómico, en solo 48 horas ya serían una nación libre e independiente, sin derecho a réplica por parte de nadie así el margen de votación sea pequeño o mínimo y no existan condiciones legales que le den el carácter de vinculante. Otra de las cosas que se prometieron era que, una vez separados de España, la naciente República Catalana seguiría gozando de los mismos beneficios que tienen en la actualidad al ser parte de un estado miembro de la Unión Europea (libre movilidad por el territorio europeo, el Euro como moneda, aranceles de importación, etc, etc)

Sin embargo, sabemos de sobra que el populismo se alimenta de promesas sin sentido y se mueve por las vísceras de sus seguidores mas no por la objetividad, y de esto, no son pocos los ejemplos que se tienen en países como Venezuela. En este sentido, el error de los partidos independentistas radica en enardecer posiciones políticas sin argumentos de peso. Por citar uno, el prometer o pretender que la desconexión de un país miembro de la Unión Europea, ya te da pleno derecho a seguir tu vida republicana en los mismos términos, sin que ello sea algo sustentado por la propia Unión, es simplemente una falta de seriedad política. Si bien es posible desde cierto punto de vista, la propia Unión Europea, viendo el carácter impositivo del referéndum de desconexión, no avala sus resultados ni da cabida a una posible República Catalana en sus espacios.

Decir que unos u otros son los culpables, tan sencillo como decir que en una película unos son los buenos y otros son los malos, es un ejercicio de miopía política gigantesco. Comparar el choque de fuerzas entre Catalanes y el resto de España con el proceso social de Venezuela, es también un error, ya que las realidades de país son totalmente distintas. Quizás el único elemento en común sea el populismo, la división y el conflicto social en pro de una propuesta política no negociada.

El poco tino del gobierno español y su manejo de varios aspectos, aunado a la inacción del Jefe de Estado y la visceralidad del Govern Catalá, está generando situaciones mucho más peligrosas que responsabilidades políticas, secesiones territoriales o choques de puntos de vista políticos: la ruptura social.

La sociedad civil, el entendimiento y el respeto político es algo tan frágil como una figura de Lladró. Si bien tenemos grosso modo dos bloques, un estado que pugna separarse y otro que no lo permite, las reacciones de calle son los elementos que encienden las alarmas al ver discursos airados de “fuera las fuerzas de ocupación de Cataluña” refiriéndose a la policía nacional o ayuntamientos catalanes retirando la bandera española en clara desobediencia al actual sistema de gobierno central, son fracturas sociales que no se reparan con tanta facilidad como pegar con cinta adhesiva una figura rota.

En la España actual se vive una de las crisis políticas más graves de los últimos 40 años por cuanto la fractura social no responde a nada menos que los sentimientos. No es momento de hacer política partidista sino el momento de buscar el entendimiento nacional, respetando posturas políticas y buscando subsanar los errores de parte y parte para fortalecer el estado de derecho nacional y no en pro de posturas subjetivas.

Incluso vemos como algo tan trivial como el fútbol, el deporte nacional, se ve afectado tanto en su conjunto (la Selección Española) como en los propios clubes y sus representantes.

Estamos en un punto en España en el cual las banderas no son meras representaciones de una región, sino un choque social que no hace más que afectar la economía y la confianza que desde 2008 tanto ha costado a los españoles reconstruir.

Esperemos pues que, así como las tres banderas, rojigualda, senyera y estelada, tienen en común franjas rojas y amarillas, se consigan colores en común para el bien de la estabilidad nacional.

Daniel Delgado

Internacionalista.

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