Opinión

¿El Reino de La Posverdad?. Por Patricia Méndez.

26 de junio 2017.

Patricia Méndez.

Parece insólito pensar en porqué aún frente a las evidencias de verdad las mentiras pueden imponerse, pero según la psicología frente a hechos muy duros de aceptar la gente prefiere optar por “la verdad” que se acerca más a su esquema de creencias, lo que terminaría convirtiendo eso de “cada quien cree lo que quiere creer” en una premisa verdadera. Este hecho no es nuevo, y por ello ha sido un recurso usado siempre en la política, sin embargo,  nunca antes fue tan desmedido como en la actualidad.

Todo esto viene a colación ya que parecen imponerse nuevos conceptos que surgen de la crisis en la que se encuentra la verdad en las sociedades contemporáneas en las cuales los grandes conglomerados mediáticos, el mundo del enterteiment y la política atentan continuamente contra la idea de verdad. Si bien dentro de los marcos de actuación de la política la transparencia absoluta no es un principio aplicable, puesto que no es eficiente a sus fines, en la actualidad parece imponerse todo lo contrario. Evidencia de ello es que el año pasado el diccionario Oxford señaló que hubo una palabra que fue la más usada, lo cual generó un gran alboroto debido a que esta palabra era precisamente: “pos verdad”.

Con ella se intenta describir un momento en el que el discurso político, a la hora de pretender incidir sobre la opinión pública, deja de lado los hechos objetivos y apela principalmente a las emociones y a las creencias personales. El término no es nuevo. Lo acuñó el dramaturgo serbio norteamericano Steve Tesich en un artículo que publicó en la revista The Nation en enero de 1992, en el que, poniendo en relación tres hitos en la historia contemporánea de la mentira política -el escándalo Watergate, el escándalo Irán–Contras y la Guerra del Golfo- Tesich trató de describir lo que él llamó “el síndrome de Watergate”, según el cual, a raíz de las revelaciones de los hechos sórdidos cometidos por Richard Nixon, los norteamericanos comenzaron a preferir no conocer las verdades incómodas. (¿Posverdad? ¡Bullshit!,por Alejandro Katz, 2017)

Es gracioso que el termino se haya popularizado después que la jefa de campaña de Donald Trump, Kellyanne Conway, reconociera que se recurrió a ésta para hacer frente a las presidenciales, pues en realidad el termino existe desde hace más de 20 años. Conway justificó las barreras interpuestas a los ciudadanos provenientes de países de tradición musulmana que quieren entrar en los EUA señalando que dos refugiados iraquíes habían estado involucrados en la matanza de Bowling Green. La matanza de Bowling Green no existió nunca, sin embargo, por estar dentro de los marcos de rechazo de la mayoría en EEUU produce un efecto de verosimilitud casi instantáneo.

Tanto al mentir como al decir la verdad las personas son guiadas por sus creencias respecto de cómo son las cosas, y esas creencias desencadenan actos cuya moralidad estará en relación con aquellas creencias. Según algunos psicólogos las personas somos capaces de hacer una suerte de “sacrificios intelectuales” a fin de mantener nuestro sistema de creencias intacto puesto que de él depende nuestra identidad. Los psicólogos sociales han hecho referencia a ello, denominando este fenómeno como “disonancia cognitiva”, un estado de conflicto interno producido cuando la realidad choca con nuestro sistema de creencias, y según el cual en la mayoría de los casos optamos por una realidad que mantenga intacto ese sistema. Ello explicaría que sea posible que ante evidencias irrefutables de ciertas verdades algunas personas opten por creer lo que mejor los haga sentir. Esta pos verdad encuentra un buen espacio para proliferar en el nuevo mundo digital en el cual la prevalencia de las redes sociales genera nuevas formas de comunicación y de generación de información basado en la individualidad, el narcisismo, y la supuesta confianza que genera que esta provenga de personas reales y no de grandes medios, puesto que éstos han perdido credibilidad debido a su toma de postura política abierta y a veces ofensiva hacia la ciudadanía, además de su carácter antidemocrático silenciando las luchas de las mayorías marginadas y subalternas. El problema es la falsa ilusión de autonomía en las redes sociales, en las cuales en realidad vuelven a imponerse las matrices emanadas de los grandes intereses, convirtiéndose los usuarios en legitimadores de campañas bien planificadas.

Tal como lo ha afirmado el filósofo británico A.C. Grayling “Todo el fenómeno de la posverdad es sobre: ‘Mi opinión vale más que los hechos’. Es sobre cómo me siento respecto de algo (…) Es terriblemente narcisista. Y ha sido empoderado por el hecho de que todos pueden publicar su opinión. Todo lo que necesitas ahora es un iPhone, y si no estás de acuerdo conmigo, me atacas a mí, no a mis ideas”.

En esta nueva Cultura online, se es incapaz de distinguir entre realidad y ficción, caso distinto al de otras formas culturales. En el teatro por ejemplo, como en la literatura la verdad no tiene predominancia, en su lugar la verosimilitud ocupa un lugar protagónico puesto que hay una suerte de pacto silente entre el autor y el lector, o el actor y el público en el cual ambos se disponen a asistir a una escenificación que saben de antemano que no es real, pero en el cual se hace este “pacto” de forma consiente. Algo así vendría a ser este mundo de posverdades, en el que los ciudadanos de alguna forma asisten a la farsa concediéndole de antemano verosimilitud, la gran diferencia es que en la mayoría  de los casos no se es consciente de que se asiste a una ficción. Esto es así debido no solo a la predominancia de las redes sociales, sino a las prácticas de la comunicación en la que las fakenews, son cada vez más abundantes, e incluso tras ser expuestas públicamente siguen instaladas en la opinión pública.

Como lo señala Pablo Boczkowski, profesor de ciencias de la comunicación, aunque las noticias falsas han existido durante tanto tiempo como las verdaderas, en la actualidad la infraestructura de información tiene una escala, un alcance y una horizontalidad en los flujos informativos sin precedentes en la historia. “Facebook, por ejemplo, llega cada día a más de mil millones de usuarios. Esta infraestructura hace posible que la gente sea creadora de contenido junto con instituciones de medios establecidas, y no simple consumidora. Esto, a su vez, ha permitido oír voces antes silenciadas, no solo en sus lugares de origen sino también en todo el mundo. Le hemos dado crédito a estos cambios como contribuyentes en la ruptura de regímenes autoritarios, como en el caso la primavera árabe. Pero estos mismos cambios son los que han hecho posible que una noticia falsa sobre el Papa Francisco respaldando la candidatura a Donald Trump fuera compartida miles de veces”.

Lo más increíble de todo esto es que no hay responsabilidad, nadie paga por estas noticias falsas ni los efectos producidos en la instalación de posverdades por doquier. La ambivalencia y la limitación en la detección de matices ideológicos en redes convergen con una profunda crisis en la autoridad cultural del conocimiento. La confianza en los medios de comunicación como instituciones ha sido baja durante mucho tiempo y ello abre paso a que toda esta confianza sea depositada en estas nuevas formas de comunicación casi anónimas. ¿Y qué aportaría esta posverdad? pues la posibilidad de crear un contexto en el que la verdad y la contrastación y presentación de pruebas se valore tan poco que puedan subsistir todo tipo de mentiras e ideas sin pies ni cabeza.

Este es el escenario que viene abriéndose en el país desde hace unos años con lo que ya se ha denunciado tantas veces como guerra de IV generación a través del uso sistemático de operaciones psicológicas, que hoy en día rinden frutos de una manera realmente abrumadora y en el que pretender generar campañas comunicacionales tradicionales, o dar respuesta a todos los ataques recibidos por las redes más que un absurdo puede parecer una gran ingenuidad por parte de un gobierno que se sabe más que asediado. Salir diariamente a dar explicaciones que nadie está dispuesto a escuchar, por medios que son de consumo casi exclusivo del chavismo es un malgaste de energía muy grande además de una estrategia muy ineficiente, no se puede pretender representar al poder desde el discurso permanente de victimización, no se puede asumir el control de situaciones como las que vivimos actualmente si no se articula un ejercicio efectivo del poder; y cabría decir a la elite política de la oposición que no es posible construir liderazgo político sin discurso político, esta vorágine de violencia paramilitar que han desatado más que asegurarles el poder nos asegura a todos, de resultar victoriosa, un futuro bastante oscuro, nada democrático, sectario y de un régimen represivo verdadero, con un Estado de derecha que a punta de pos verdades dará cacería a la izquierda amenazadora y a todo aquello que atente contra sus pretensiones tal como lo hacen ahora siendo simplemente oposición, donde la posverdad será reina y señora tal como se avizora actualmente.

Patricia Méndez

Msc. en Historia; internacionalista, escritora y poeta.

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