Opinión

Venezuela y la crisis civilizatoria. Por Patricia Méndez

10 de junio 2017.

Patricia Méndez.

 

En Venezuela van más de 60 días de protestas en las calles, y más de 60 personas fallecidas, la violencia parece haber desbordado las capacidades del gobierno y ciertamente se ha convertido en el mejor discurso de la dirigencia opositora, el único en el que no tiene que aclarar, cuál es su oferta política de cara al futuro. La situación cada día empeora, no porque se logren nuevas o contundentes adherencias a estas protestas, ni porque el pueblo pobre se haya sumado a las mismas, sino porque comienzan a naturalizarse una serie de situaciones que gracias a la sobre saturación mediática impiden que la crítica cobre protagonismo frente a los hechos y por supuesto impide que pueda concretarse de hecho cualquier tipo de diálogo. Las altas elites de la derecha neoliberal y seudo fascista y del aparato burocrático estatal se ensañan en un conflicto en el cual sus demostraciones de fuerza son ejecutadas a través del choque entre el pueblo chavista y la oposición siempre ciudadana, enfrentados hasta ahora en una retórica lamentable que finalmente desenmascara la lucha de clases que atraviesa nuestra compleja realidad, y la falsa modernidad y civilización que algunos asumen como bandera para “acabar” con la otredad.

Es imposible negar que en la situación actual el Estado venezolano tiene una gran responsabilidad pues es finalmente es el garante legal y legítimo de los derechos humanos, pero sin cuestionar esta afirmación, de la que incluso intelectuales de la decolonialidad hacen uso como argumento para darle la espalda a un análisis crítico y reflexivo sobre lo que realmente ocurre, nos preguntamos, cómo es posible que, se ignore, cuál es el papel del Estado existente en otros países de la región como Colombia o México donde éste ha sido protagonista de una violencia histórica en la que la presencia de conflictos armados, desplazados, falsos positivos y terror de Estado han sido regla durante decenios. Cómo es que de repente los argumentos de la embajadora estadounidense ante Naciones Unidas, Nikki Haley sobre porqué Venezuela debe renunciar al Consejo de DDHH, se convierten en un discurso sincero, cómo es que la Fiscal Luisa Ortega Díaz, nombrada por el ex presidente Chávez y quien era fiscal en 2013 y 2014 cuando también se vivieron álgidos momentos de violencia en el país con los llamados a “guarimbas” ahora esta tan preocupada por los “excesos” cometidos por cuerpos de seguridad y por el proceder de unos fiscales que durante años han sido acusados de ser responsables de la impunidad imperante en el país, cómo es que ahora se convierte en paladín de la otra justicia para ser la abanderada contra la Constituyente, cómo es que ahora que está en la acera de enfrente se descubre que tenía dos años haciendo uso indebido de un avión privado, cómo es que los casos de Pernalete y más recientemente Neomar Lander, dolorosos y desgarradores como cada uno de los vividos hasta el momento pueden ser primera plana y motivo de rosarios y vigilias, y el caso  Figuera parece ser totalmente secundario. Estas interrogantes parecen no estar dentro de la perspectiva de ninguno de los actores visibles al menos mediáticamente.

La condena per se a la Asamblea Nacional Constituyente no tiene nada que ver con la preocupación de la dirigencia opositora por defender la constitución del 99 o el legado de Chávez, por el contrario, sin estar de acuerdo con esta iniciativa gubernamental, podemos afirmar que la negativa es más bien una firme declaratoria de la decisión de no dialogar. Entonces uno se pregunta, ¿qué es lo que se espera? Es que la dirigencia de oposición espera simplemente que el gobierno se entregue y que el chavismo se deje liquidar siguiendo el discurso de amedrentamiento que la derecha le dirige a diario, y ¿qué espera el gobierno? Que los chavistas acudan sordos a la ANC sin posibilidades de ampliar realmente la participación en la misma, votando por los mismos dirigentes responsables en gran parte de muchos de los problemas que vive el proceso revolucionario en la actualidad?, ¿qué debiéramos hacer?, la verdad es que en este punto de la situación el panorama es sumamente confuso y nuestras posibilidades de generar nuevas salidas a la situación, son cada vez menores, puesto que estamos en medio de un campo de batalla que finalmente deja al descubierto la crisis civilizatoria actual, y la falsedad de la narrativa de la modernidad en nuestro país donde Hugo Chávez logró generar una nueva perspectiva pos neoliberal, irrumpiendo en un orden casi monolítico en el que la región no era sino periferia; pero que lamentablemente está siendo enterrado por nuestra nueva realidad, la de sobrevivir de cualquier modo a la violencia.

Según los teóricos del establishment tras la caída del muro de Berlín y el derrumbe del socialismo soviético, quedaba evidenciada la superioridad del sistema capitalista, rompiendo la bipolaridad y dando paso a un “mundo feliz” en el cual la hegemonía de los Estados Unidos y de su sistema ya no sería disputada de ninguna manera, así lo aseveró por ejemplo Francis Fukuyama con su teoría del fin de la historia a inicios de la década de los noventa, que se convirtió rápidamente en best seller de poca profundidad pero de gran eficacia. Dentro de este marco lógico, Samuel Huntington, postula su teoría del choque de civilizaciones, inicialmente en forma de artículo académico para la revista Foreign Affairs en el 93, y que publicará luego como libro según el cual establece que la occidentalización es un vehículo hacia la modernidad de algunos países. Huntington refiere, en respuesta a las tesis de Fukuyama, que al estar zanjado el problema ideológico, las confrontaciones que seguirán son relativas a los modelos civilizatorios.

En Venezuela en este preciso momento parecemos estar frente a este choque civilizacional que es bastante más complejo que lo abordado por Huntington, un choque que desnuda el discurso de la derecha de que fue el chavismo el que dividió el país, que deja en evidencia que no hay UNA Venezuela, ni unos Derechos Humanos universales, por el contrario hay dos realidades dentro del país que se enfrentan a diario, dos lógicas enfrentadas desde hace más de 50 años y que nos hacen pensar que aún estamos en la Guerra Federal, o incluso que seguimos en la Venezuela colonial donde los más civilizados se arrojaban el derecho de “civilizar” a los otros con la cruz o por la fuerza, donde los más civilizados, los que enuncian el discurso de la democracia y la libertad de expresión creen que purgar al país de chavistas los llevará a alcanzar un nuevo país, moderno y ascético, donde la impronta de Anonimus y la estética posmoderna con sus artilugios digitales es sinónimo de irreverencia y el discurso de Lisa Simpson se convierte en panfleto político siempre políticamente correcto para el único hegemón que los muy civilizados opositores se permiten, y donde la retórica de un gobierno que sigue diciéndose a sí mismo revolucionario deja de lado la crítica y los problemas pragmáticos y acuciantes de la mayoría de la población, enfrascado en soluciones burocráticas que solo parecen solucionar sus propias preocupaciones.

En fin, en medio de esta crisis innegable se abre un precipicio insondable que parece reflejar únicamente el desgarre de una realidad malamente lograda, que deja al descubierto lo poco civilizado que es el mundo actual, realidad que cada día se hace visible con mayor fuerza en nuestro país.

 

Patricia Méndez

Internacionalista, magíster en historia.

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