Política

Hugo Chávez: Responsabilidad y principios a toda prueba

05 de marzo 2017.

Hugo Chávez Frías ha generado en el escenario político nacional, regional y mundial todo tipo de debates, sobre su trascendencia histórica, su rol en la nueva etapa de levantamientos populares contra el neoliberalismo y el imperialismo, y su labor de restauración del pensamiento y acción unificadora del Libertador Simón Bolívar. En medio del amor de millones, en ese pueblo sufriente que tanto agradecimiento recibió de su parte, por darle la confianza de ser su Presidente, y el odio de las oligarquías económicas y políticas, Chávez ha dejado su estampa en el inicio del siglo XXI continental. Su enigmática figura al trascender en 2013 a la inmortalidad, sigue viva en los pechos de una eterna combatiente e indómita América.

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EL COMANDANTE MORTAL

Junio 30, año 2011. Desde La Habana Hugo Chávez envía un mensaje al mundo en una doble condición, la de Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, junto a la de paciente convaleciente de dos intervenciones quirúrgicas en menos de 20 días. Sorprendidos, los venezolanos y venezolanas encuentran en televisión a un Chávez dando un mensaje que lo coloca en el mundo de los mortales, capaz de sufrir dificultades como las que siempre atravesaron el devenir de su vida entregada a los intereses de su amada Venezuela; pero mostrándose responsable y en la plena necesidad de dar cuenta de su situación, saliendo al paso a toda clase de rumores.

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Lanza el viento una frase lapidaria que a más de uno helará la sangre: “A lo largo de toda mi vida vine cometiendo uno de esos errores que bien pudiera caber perfectamente en aquella categoría a la que algún filósofo llamó errores fundamentales, descuidar la salud y además ser muy renuente a los chequeos y tratamientos médicos, sin duda ¡qué error tan fundamental! y sobre todo en un revolucionario con algunas modestas responsabilidades como las que la revolución me vino imponiendo desde hace más de 30 años.”

Un sinfín de sentimientos cruzan este momento. Desde la sensación de hundimiento que Chávez confiesa hasta el retorno, a las cumbres y su convicción de haber salido positivamente de aquella nueva encrucijada de la vida. Mientras le observo y alguna lagrima corre por mi rostro, un escalofrío me recorre, un temor sin duda de estar ante la presencia de un futuro nada promisorio.

Hugo Chávez despierta toda clase de conjeturas. Hombre de una convicción revolucionaria profunda y una elevada entrega a todo cuanto asumía, siempre fue leal al pueblo que desde su primera aparición pública, durante la rebelión del 4 de febrero de 1992, le siguió y respaldará hasta el último día de su vida. Hombre de principios férreos y vehementes, pero con una habilidad política extraordinaria capaz de saldar toda clase de momentos difíciles en victorias rutilantes. Alguien llegó a compararle con el gran Muhammad Ali, quien no solo fue tres veces campeón mundial de los pesos pesados, sino que siempre salía en las peleas de las peores dificultades y los más graves pronósticos.

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Chávez no fue un político tradicional, de hecho rompe esa trama irresponsable de la cuarta república adeco-copeyana, al presentarse ante toda Venezuela asumiendo la responsabilidad plena de las causas y consecuencias del movimiento militar bolivariano, en un país donde su clase política acostumbraba lavar sus manos ante cualquier circunstancia, en especial los convulsos sucesos y violaciones de los derechos humanos durante la explosión social de febrero de 1989, con un saldo incontable de muertos, heridos y pérdidas materiales.

Responsable como fue siempre, Chávez se despide de su pueblo aquel junio de 2011, entre el poema y el clamor de la victoria:

Les invito a que sigamos juntos escalando nuevas cumbres, que hay semerucos allá en el cerro y un canto hermoso para cantar, nos sigue diciendo desde su eternidad el cantor del pueblo nuestro querido Alí Primera. Vamos pues, vamos con nuestro Padre Bolívar en vanguardia, a seguir subiendo la cima del Chimborazo. Gracias Dios mío, gracias pueblo mío, gracias vida mía, hasta la victoria siempre, nosotros venceremos”.

EL CONTEXTO Y LAS CONDICIONES

La irrupción de Hugo Chávez a la cabeza de los jóvenes militares bolivarianos en el escenario político venezolano, será imposible sin la existencia de un contexto histórico favorable para ello. El sistema político cimentado en 1958 bajo el ropaje de la democracia liberal representativa, como un salto al progreso luego de años de dictaduras y caudillos, termino por concentrar en pocas manos el poder político a partir de un pacto entre los dos principales partidos políticos Acción Democrática y COPEI, y con un tercero de comparsa como fue URD.

PACTO DE PUNTO FIJO (Venezuela. octubre de 1958). Rafael Caldera, Jóvito Villalba y Rómulo Betancourt.:

PACTO DE PUNTO FIJO (Venezuela. octubre de 1958). Rafael Caldera, Jóvito Villalba y Rómulo Betancourt.

El modelo del pacto de Punto Fijo (llamado así por ser suscrito en la quinta del dirigente político y dos veces Presidente de Venezuela Rafael Caldera) arrancó con la exclusión política de grandes sectores de la sociedad, por un lado con la ilegalización de hecho del Partido Comunista de Venezuela y cualquier otro movimiento de izquierda, bajo la fútil excusa de ser agentes de la Unión Soviética, lo cual de suyo dejó al margen un importantes movimientos políticos del país que resultó esencial en la caída del gobierno de Marcos Pérez Jiménez; por el otro, el establecimiento de un plan de reforma agraria por parte del gobierno adeco de Rómulo Betancourt, que resultó en la acumulación de tierras y acceso a crédito en pocas manos las cuales ya concentraban grandes riquezas nacionales, y una población campesina abandonada a su suerte, recibiendo apenas cartas agrarias del gobierno adeco pero sin ninguna otra política de acompañamiento técnico o apoyo a la producción, menos aún políticas de acceso masivo a programas de educación y salud.

Necesitadas de empleo e imposibilitadas de sostener las tierras de las cuales apenas poseían un papel, estas masas del campesinado nacional fueron desplazándose paulatinamente a los centros urbanos y petroleros concentrados alrededor de los puertos del país, en la franja norte costera de Venezuela, buscando la llamada “gota de petróleo” en ese fenómeno que algunos sociólogos denominaron el éxodo campesino.

Tal cosa, no solo implicó un crecimiento poblacional enorme en esta franja del país, sino que incrementó la situación de pobreza de esas masas campesinas trasladadas a los centros urbanos que ahora se veían excluidas de forma directa de la riqueza petrolera. Las políticas de salud y educación, de empleo y de vivienda, con muy pocos momentos positivos, fueron piezas sistemáticas de la lógica del sistema político, la exclusión. El acceso a toda clase de posibilidad de ascenso social, o de dignificación estaba destinado a unos pocos participantes de la riqueza, en desmedro de millones que se hundían en la pobreza y la miseria, ante la indolencia de la clase política gobernante entonces.

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Cerros de Caracas.

Es en esa República, y no en el idilio que bajo el amparo de la desmemoria pretenden ahora hacernos creer, es en la que crece y se forma Hugo Chávez. Una nación que inauguraba una etapa democrática con las prácticas dictatoriales más aberrantes de la época contemporánea venezolana, incluso al punto de ser pionera en la figura del desaparecido como fórmula aplicada para barrer todo movimiento contrario a las acciones y decisiones del pacto.

Imposible es, en el período de forja soldadesca de Chávez, la protección impune de la cual goza el sistema político imperante por parte de las diversas administraciones de los Estados Unidos, incluyendo la suavidad con la que son tratados los desmanes cometidos por el bipode adeco-copeyano por parte de la Organización de los Estados Americanos (OEA); el mundo de la guerra fría predomina y para EEUU su “patio trasero” es intocable, repartiendo en razón de esto tantas zanahorias a quienes genuflexamente se adhieren a sus intereses, sin medir siquiera afectaciones propias o beneficios por ello; así como garrotazos a los movimientos políticos, hombres y mujeres, quienes erigen modelos alternativos, no solo de signo ideológico distinto sino simplemente independientes de la hegemonía estadounidense de la época.

Chávez, en su momento, comentará los tristes episodios que generaron debate en el seno de la Fuerza Armada sobre la Invasión a Grenada en 1983, por parte del gobierno de Ronald Reagan, o la Guerra de las Malvinas, un año antes, donde las fuerzas anglosajonas aliadas dan la espalda hasta a la misma dictadura Argentina que habían llevado del brazo al poder. Sin lugar a dudas tales episodios van moldeando el carácter antimperialista de Chávez.

Con la configuración de un proyecto político cuyos cimientos serán el árbol de las tres raíces, ancladas en el pensamiento y accionar de Simón Bolívar, Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez, Chávez y la juventud militar bolivariana organizan un proceso de captación, formación y eventual ejecución de una rebelión contra el estatus quo de la IV República que transitaba su tercera década de existencia estancada cada vez más en sus propios errores, fruto del gen excluyente que lo definió, y de dar respuesta, más allá de la violencia política, a las demandas populares crecientes.

La explosión social del 27 de febrero de 1989, precedida por el anuncio y ejecución de un paquete de políticas en el campo económico por parte del gobierno adeco de Carlos Andrés Pérez, agenda impuesta sin debate alguno ya que en ninguna de sus promesas de campaña apareció tal cosa; fue el detonante de aceleración del movimiento militar Bolivariano.

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La insólita respuesta ante la protesta social de entonces no fue sino su acallamiento por la vía de la utilización irresponsable de las Fuerzas Armadas. La clase política adeco-copeyana llegó a tal nivel de cinismo, que nadie asume responsabilidad alguna de la masacre perpetrada contra el pueblo venezolano, teniendo los militares que cargar todo el peso histórico de semejante acción.

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La “paz social” impuesta a sangre y fuego será mal interpretada por la clase política como una aceptación por parte de la población de las acciones implementadas. El creciente descontento y las posibilidades del desarrollo de una acción golpista restauradora de derecha, acelera los tiempos. La decisión de ejecución del Plan Zamora tiene fecha: martes 4 de febrero de 1992.

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El Caracazo 27 de febrero 1989.

RESPONSABILIDAD DESDE EL ARRANQUE

Posterior a la fecha de la rebelión militar, Hugo Chávez se manifiesta con la convicción de la voluntad del poder, pero en un ejercicio responsable de la política. No se omnubila en el desespero que lleva al error, no se muestra perfecto en sus movimientos políticos o en su contextura espiritual. Conoce de primera mano el desafío que tiene al frente y lo va adecuando a sus principios morales y políticos cada vez más fuertes y claros, tiene un proyecto y lo construye junto a una muchachada militar joven.

Como ejemplo de esto, un fragmento de su entrevista en la cárcel del 30 de agosto de 1992, realizada por el periodista y político José Vicente Rangel, del cual extraemos este ejemplo plasmado en el libro “De Yare a Miraflores el mismo Subversivo”; la cual por cierto fue censurada por la “democracia” de entonces sin que la comunidad internacional dijera pio. En dicho fragmento se observa la claridad política de un hombre como Chávez, consciente de la tarea histórica y divorciado de dogmas panfletarios o egos superficiales:

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“…No se trata doctor Rangel de que una figura de un soldado como yo se infle o se desinfle, sea noticia o no lo sea, esto pudiera preocuparle ciertamente a cualquier candidato electoral o a su equipo asesor de imagen. Pero a los hombres el Movimiento Militar Bolivariano 200 nos preocupan otras cosas, nos duelen otras cosas. Fundamentalmente nos duele la patria, definida por el cantor venezolano Alí Primera como el hombre, es decir, la Patria es el hombre… Las necesidades por la que están atravesando millones de venezolanos que hoy padecen esta terrible crisis histórica en la que hemos caído.” “… Es de tal magnitud la tormenta por la cual está atravesando la nave venezolana, que debemos salir, debemos asumir la responsabilidad, debemos izar nuestras velas aún a riesgo de que se rompan. Ya tendremos que remendarlas entonces sobre la marcha. Sabemos y estamos conscientes de las campañas de desinformación, de los laboratorios de guerra sucia que estarán pendientes de las expresiones, de los actores diversos, para tratar de desmontar su discurso… Pero hay un objetivo fundamental, que es sacra la nave de la tormenta, y los hombres que creemos poder colaborar con un granito de arena aunque sea, para salir de esa tormenta, pues debemos salir, debemos izar nuestras velas, debemos enrumbar conjuntamente con toda Venezuela, con un colectivo nacional, la nave hacia derroteros en un horizonte azul de esperanza”.

Tal cosa evidencia la proyección lineal de la vida de Chávez, como sujeto político y como ser humano. Su vida, antes de la compuerta que abrirá en la madrugada febrerina de 1992, podía seguir el cómodo sendero de un militar de carrera ascendente con una familia, esposa y tres muchachos como bien lo dijo. Sin embargo las circunstancias y una convicción que corre por sus venas le llevará a trascender históricamente aquella madrugada, no sin antes despedirse de su vida tranquila y sin sobresaltos, como ocurriría a Fabricio Ojeda al renunciar al Congreso Nacional y tomar la vía de la lucha armada, con todas sus consecuencias.

Imagen relacionadaEl mismo Chávez lo expresa en forma diáfana: “… A mi me toco lo mío porque yo nunca voy a olvidar aquella noche. Era febrero, como estos días casi, había cielos claros el verano había llegado. Y era 1992, y después de un camino medio largo ya me tocó lo mío, me tocó igual una madrugada llegarle a la mujer, a la negra Nancy, a decirle me voy. No sé si vuelva. Y lo más duro, no se lo deseo a nadie saben, abrir la puerta del cuarto de los muchachos y mirarlos allí, a la Rosa Virginia, tenía 12 años, con su pelo churruscado, dormidita, arropadita, y a la María Gabriela con su pelo de india, su cara de india, es india, tenía 9, arropadita con un ventilador que daba vueltas; y allá en la esquina de allá Huguito el catire gordo. Soñando estaban seguro. Huguito tenía 7 años… Despedirse de los hijos! Darles un beso y con cuidado para que no despertaran, darles la bendición a la una, a la otra y al otro y adiós… No sé si vuelva… Me tocó lo mío también, los dejé chiquitos, pero no por maluco saben, por patriota!!!”.

Unas horas después, el hombre mortal irrumpe en la sociedad venezolana para convertirse en algo más que un político del montón. Ni él sabrá tal vez la trascendencia de lo que edificará para la historia venezolana y latinoamericana. Tal vez ni con su partida lo supo.

Emiliano Villa.

 

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