Historia

CARACAZO: 27-F 1989 La violencia se adueña de las calles

27 de febrero 2017.

El venezolano es mundialmente reconocido por su solidaridad, calidez y profundo espíritu pacífico. Empero, hasta el más noble de los pueblos reacciona ante las injusticias que les roban su esencia ciudadana. Esto ocurrió aquel 27 de febrero de 1989, fecha que quedó impresa con sangre y dolorosas lágrimas de sufrimiento en el recuerdo colectivo del venezolano.

El despilfarro a manos abiertas, aunado a la implementación de políticas económicas equivocadas  y escandalosos casos de corrupción, hicieron de la prolífica y pujante economía nacional un colapso rotundo que deterioró  de manera considerable las condiciones de vida del venezolano. Empezaban a quedar atrás los efectos de la llamada Venezuela Saudita. Los viajes a Miami y el frecuente empleo de la famosa frase “Ta barato dame dos” empezaban a quedarse en el pasado de la vida cotidiana del venezolano.

Aviones Viasa, Panam y Concorde de Air France en Venezuela.

Tras la máscara de la bonanza económica subyacía otra realidad que era sistemáticamente obviada por el sector gubernamental. Los estratos más humildes de la población tenían dramáticas carencias que se encontraban en las antípodas de la supuesta realidad nacional; quedando relegados a los cerros tan numeroso sector del país.

En este yuxtapuesto escenario es elegido presidente de la República para un segundo período, Carlos Andrés Pérez quien, de inmediato,  adoptó un conjunto de medidas económicas pertenecientes a una receta neoliberal impuesta por el Fondo Monetario Internacional, entre las que se puede mencionar la liberación de los precios; lo que repercutió en un proceso inflacionario que gradualmente empobreció el poder adquisitivo de los venezolanos.

Toma de posesión de Carlos Andrés Pérez 1989.

A los pocos días de iniciado el nuevo período presidencial de Carlos Andrés Pérez, se anuncia el aumento del pasaje del transporte público urbano y suburbano, primero en un 30 %, para posteriormente al cabo de un mes alcanzar el 100 %. Este aumento desmesurado se debió al incremento de los precios de la gasolina anunciados previamente por el Gobierno.

Como principio de acción y reacción, esta medida repercutió en una protesta en una de las denominadas ciudades satélites o dormitorios, Guarenas, que está ubicada a 25 kilómetros al este de la ciudad Capital. Lo que inició como una caldeada manifestación relativamente común, al poco tiempo derivó en una de las experiencias más aterradoras y únicas en su estilo en la historia nacional.

La protesta, de manera totalmente espontánea se fue regando por todos los alrededores, convirtiéndose en una situación caótica que rápidamente tomó un cariz violento. Los incendios y saqueos se trasladaron de la relativamente lejana población de Guarenas, hasta tomar la mayor parte de las parroquias de Caracas, en donde se recuerda con mayor énfasis los destrozos, saqueos e incendios en  El Valle, Coche, Catia, Antímano y el centro de Caracas.

Pasadas las primeras horas, lejos de bajar la intensidad de los saqueos, los mismos recrudecieron exponencialmente. Los organismos de seguridad del Estado (Guardia Nacional, Ejército y Policía), ante la incapacidad de poder aplacar los focos de disturbios, atacaron a la gente de una manera atroz en un vano intento de retomar el orden y control de la situación.

 

La onda expansiva de los saqueos e incendios de locales comerciales se extendió hasta algunas ciudades del interior del país como: Maracay, Valencia, La Guaira, Barquisimeto, entre otras, donde, aun cuando fueron de menor intensidad, de igual modo fueron un claro reflejo de los altos niveles de violencia que, el pueblo descargó debido a todos los años de olvido y maltrato gubernamental a los sectores más desposeídos.

Una vez que el Gobierno del presidente Pérez se vio incapaz de poder detener a la ola de violencia, decidió activar el llamado Plan Ávila, medida de “seguridad” que le otorgaba poderes ilimitados a los organismos de seguridad a la hora de reprimir las manifestaciones, incluyendo el permiso para utilizar armamento de guerra. Aunado a esto, el Poder Ejecutivo autorizó el toque de queda, los allanamientos de viviendas sin orden judicial y otro conjunto de garantías constitucionales como brutales medidas dilatorias para poder restaurar el orden en las principales ciudades del país.

Estas despiadadas medidas decantaron en un recrudecimiento de las hostilidades, las cuales se convirtieron en un abuso de poder por parte del Ejército, Guardia Nacional y Policía Metropolitana, quienes protagonizaron una enconada carnicería sin parangón alguno en la historia nacional hasta ese momento.

Los conflictos duraron algunos días más, aun cuando, desde el momento de la implementación del Plan Ávila, por razones obvias, los focos violentos fueron redimiendo gradualmente.

Según las cifras oficiales, la cantidad de muertos por la actuación de los órganos de seguridad fue de 276 y aproximadamente 300 heridos. Los cuerpos de las víctimas fatales fueron colocados en una fosa común del Cementerio General del Sur conocida como la Peste. Gracias a esta despiadada y vil acción de desaparecer los cadáveres es que es casi imposible poder tener un conteo exacto de la masacre ocurrida en aquellos fatídicos días.

 

Sin embargo, según cifras extra oficiales se pudo saber que la cantidad de fallecidos en aquellas jornadas están comprendidos entre 2.700 y 3.000.

Los acontecimientos del Caracazo fueron una clara expresión de la violencia que se puede generar a partir de la opresión y malas medidas que adoptan los Gobiernos de un carácter populista. De igual modo dejan en evidencia el imperdonable agravio que, en aquel tiempo, los órganos de seguridad les hicieron a los ciudadanos.

Para la posteridad se le acuñó al Caracazo el eslogan “El día que bajaron los cerros”. Desde la óptica del que escribe estas líneas, este fenómeno terrible que vivimos el 27 de febrero de 1989 tiene una lectura mucho más profunda y dramática, ya que, no solo fueron los cerros los que estuvieron inmersos en aquellos acontecimientos, fue una gran cantidad de gente la que expresó su descontento e impotencia ante lo que estaba viviendo. Cuando un pueblo tiene hambre y miseria, pierde el miedo a las manos tiránicas que le oprimen.

Alexis Delgado Alfonzo

Historiador

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