Historia

4 DE FEBRERO DE 1992, UN NUEVO INTENTO POR RETORNAR LA JUSTICIA A VENEZUELA

04 de febrero 2017.

4 DE FEBRERO DE 1992 UN NUEVO INTENTO POR RETORNAR LA JUSTICIA A VENEZUELA

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Una vez derrotada la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, Venezuela entra, sin lugar a dudas en una nueva etapa de su historia política. Los primeros años estuvieron plagados de numerosos inconvenientes para poder retomar un aire de calma y estabilidad en el devenir de la dinámica nacional. Paulatinamente las aguas fueron tomando un cauce relativamente tranquilo. A partir del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, la nación ingresó en un período de gran bonanza económica sustentada en los elevadísimos ingresos derivados de las rentas petrolera.

Por aquellos años, Venezuela fue denominada Saudita; sin embargo, medidas políticas y económicas equivocadas, grotescos casos de corrupción fueron sentando las bases para que aquella pujante economía no llegara a sostenerse por mucho tiempo y, muy por el contrario iniciara su colapso gradualmente. Uno de los acontecimientos que comenzaron a hacer evidente la merma económica nacional lo encontramos en el conocido historiográficamente viernes negro.

El deterioro económico nacional, gradualmente fue generando una importante devaluación del Bolívar con respecto al dólar desde el mencionado viernes negro. Estas condiciones fueron disminuyendo y resquebrajando el apoyo popular de los distintos presidentes que ocuparon el principal sitial del palacio de Miraflores.

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Carlos Andrés Pérez es elegido como presidente para un segundo período con la esperanza que Venezuela retornara a los tiempos de la Venezuela Saudita como lo había hecho el “gocho” en su primer gobierno; empero, al poco tiempo de haber asumido la investidura presidencial, el nuevo gobierno le toca enfrentar un fuerte estallido social conocido como el Caracazo. Movimiento que dejó claro el panorama de descontento social reinante en la nación.

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A las sombras de todo lo que estaba ocurriendo en la tensa cotidianidad de finales de la década de los ochenta, pero con gran conocimiento de todas las situaciones que aquejaban al venezolano, surgió un grupo de personajes con conciencia social que se oponían contra las tendencias entreguistas que estaba protagonizando el gobierno nacional. Esta organización clandestina que, posteriormente tomaría el nombre de Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (M.B.R. 200), estaba integrado por militares de rangos medios y bajos, así como algunos civiles. Sus pensamientos estaban orientados en la lucha bolivariana, zamorana y de profundo respeto a la igualdad y justicia social.

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Días antes de aquella sonada militar del año 92, Venezuela en el concierto latinoamericano era reconocida como una de las naciones de mayor estabilidad política de la región. No obstante, detrás de esa falsa seguridad de la que gozaba el gobierno encabezado por Carlos Andrés Pérez, se escondía una realidad totalmente distinta que no solo era palpable en los estudiantes universitarios que frecuentemente protestaban porque sus voces nunca eran escuchadas, sino por el contrario eran aplastadas con todo cinismo. Tampoco fueron escuchados los clamores de las masas de gente durante el llamado Caracazo (27 de febrero de 1989). Esta realidad que se encontraba tras las sombras del despotismo gubernamental también había permeado en un sector medio de las Fuerzas Armadas Nacionales.

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En la noche del 3 y madrugada del 4 febrero de 1992, un grupo de insurgentes, entre los cuales podemos mencionar a Hugo Chávez Frías, Joel Acosta Chirinos, Jesús Urdaneta Hernández, Francisco Javier Arias Cárdenas, Miguel Ortiz Contreras, entre muchos otros, desplegaron un plan estratégico militar destinado a derrocar al gobierno mediante la toma de las principales plazas del país, Maracay, Valencia y Maracaibo.

En Caracas, que por ser el centro del poder político nacional, se determinaron  varios  frentes que los insurrectos debían tomar: la residencia presidencial (Casona), la Base Aérea Francisco de Miranda (ubicada en la Carlota) y, por supuesto el eje central del poder político nacional, el Palacio Blanco y el Palacio de Miraflores.

Los insurrectos, pertenecientes en su mayoría al batallón de paracaidistas José Leonardo Chirinos, ataviados con sus tradicionales boinas rojas y con un brazalete tricolor en el brazo que les reconocía como miembros del movimiento insurgente denominado por sus líderes como Ezequiel Zamora, desde horas muy tempranas de la madrugada se enfrentaron a las tropas leales al gobierno, con el resultado de haber conquistado rápidamente el comando de todas las plazas previstas en el plan original. En el interior del país, la situación era exactamente igual. Solo un bastión quedaba en manos del gobierno y, para infortunio del movimiento Ezequiel Zamora, era el de mayor importancia, el Palacio de Gobierno, Miraflores.

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En tan vital plaza para el movimiento insurgente, el intercambio de ráfagas de balas fue realmente intenso por algunas horas de la madrugada del 4 de febrero. Las tropas destinadas a tomar el Palacio de gobierno se vieron separadas; las comandadas por uno de los principales conspiradores Hugo Chávez, quienes se replegaron hasta la protección del Museo Histórico Militar (Cuartel de la Montaña), mientras que el otro bando estaba liderado por los capitanes Ronald Blanco la Cruz y Antonio Rojas Suárez, los cuales, atrapados en el fuego cruzado y, ante la incapacidad de recibir refuerzos del Teniente Coronel Chávez, deciden desesperadamente ingresar en el Palacio Blanco estrellando una tanqueta contra una de las rejas laterales de dicho lugar.

Para este momento, el presidente de la República, Carlos Andrés Pérez había logrado escapar del palacio de gobierno en la maleta de un auto y se encaminó a la televisora privada, Venevisión, desde donde se dirige a la nación en dos oportunidades.

Gracias a las actuaciones del General y ministro de la Defensa, Fernando Ochoa Antich, gradualmente, el gobierno fue retomando los espacios en manos de los insurgentes, teniendo como punto más sensible la entrega de las armas por parte del Teniente Coronel Hugo Chávez.

Al ocurrir este acontecimiento, la orden presidencial fue que, el insurrecto se pronunciara en rueda de prensa de inmediato para invitar a sus compañeros de conspiración a que imitaran su ejemplo. Ochoa Antich, con toda su sagacidad y conocimiento del carácter de liderazgo de Chávez, le recomienda al presidente Pérez que, la transmisión fuera grabada y no en vivo, para de este modo evitar que el insurrecto pudiera decir algo que alentara a los suyos o al pueblo venezolano. Pérez, en su prisa por terminar de inmediato aquella pesadilla, no prestó atención a aquella idea y ordenó la rueda de prensa donde, un fatigado pero enérgico Chávez se dirige al país y a sus compañeros de armas para, primeramente agradecerles la lealtad al movimiento, felicitarles por los logros que se habían obtenido en las distintas plazas e invitándoles a entregar las armas para evitar el derramamiento de sangre, ya que los objetivos trazados, POR AHORA no se habían podido cumplir. De igual modo se responsabiliza públicamente por todo lo ocurrido.

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Posterior a la alocución fueron entregándose todos los rebeldes a nivel nacional para ser detenidos y juzgados por delito de rebelión.

Una vez frustrado este golpe de estado, el gobierno suspende de inmediato las garantías ciudadanas y, entre otras medidas se establece: Prohibición de reuniones sociales, suspendido el derecho a las manifestaciones públicas, prohibida la libertad de expresión, permitida la detención sin necesidad de estar cometiendo un delito, permitido los allanamientos sin orden de un tribunal, entre otras garantías constitucionales.

Rafael Caldera, una vez escogido como presidente en 1994, ordena el indulto y sobreseimiento de las causas de los insurrectos de aquella jornada que quedaría marcada con tinta indeleble, no solo en las páginas de historia, sino de todos aquellos que presenciamos esos sucesos.

La intentona golpista del 4 de febrero fracasó a corto plazo, pero resulta irónico que, gracias a la tozudez del presidente Pérez, Chávez, con tan solo dos palabras bien escogidas (“POR AHORA”), dejara vivo el espíritu insurgente en la población y en el seno de las Fuerzas Armadas Nacionales.

 

Alexis Delgado Alfonzo

Historiador

 

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